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El perrhijo como único lazo emocional estable

11 junio, 2026Fernando Pérez del RíoComunitarioNo hay comentarios

El perrhijo como único lazo emocional estable

Dr. Fernando Pérez del Río

Hay una forma de soledad que no hace ruido, ni se declara ni pide auxilio. Es la que habita hoy en muchas personas: una intemperie emocional en medio de la hiperconexión, una ausencia de lazo social estable en un mundo saturado de contactos.

La gran diferencia de hoy, es que la generación actual no carece de relaciones; carece de vínculos estables y fieles, como una pareja con la que hacer equipo y formar una familia.

Relacionarse es fácil: basta un clic, una reacción o una conversación efímera en línea, sin dar la cara, en la intimidad de la noche, que se disuelve sin consecuencias.

Vincularse, en cambio, exige tiempo, renuncia y cercenar parte de la libertad. Justo aquello que parece haberse erosionado en una sociedad donde la libertad individual lo es todo. En otros artículos publicados en esta misma web de psicología lo hemos denominado libertad negativa: me acuesto con quien me da la gana porque lo único importante es mi propio placer; utilizo a las otras personas como mercancías de usar y tirar.

El ideal contemporáneo de libertad ha convertido cualquier compromiso en algo sospechoso, incluso negativo. Permanecer ya no es una virtud, sino una carga. Me sumo a quienes dicen que lo más reaccionario hoy en día es tener una familia, tener hijos y ser fiel.

Así, las relaciones se vuelven provisionales e intercambiables. Pero, en esa levedad, el individuo queda también muy desprotegido, solo y sin anclajes, sin otra pertenencia que la mascota y el trabajo.

Sine vínculo: sin lazo. Una expresión latina que describe una enorme deriva ideológica en Occidente.

El joven aprende pronto a no depender de nada y a centrarse en su carrera profesional. Se le educa en la autosuficiencia emocional como si fuera una forma superior de madurez; se le educa en el individualismo radical; se le bombardea con pedagogías individualistas y con exitosos coaches que afirman que cualquier dependencia es negativa; se le lleva al psicólogo, donde, según algunos críticos, sale más egoísta; se le inyectan miles de películas y series donde lo importante es únicamente uno mismo.

Las consecuencias, como ya sabemos, son una avalancha de personas que viven solas y una sociedad en la que cada vez menos gente tiene hijos. Esto da lugar a un hecho inédito en la historia: la desaparición demográfica de las poblaciones nativas. ¿Por qué será que han aumentado las enfermedades mentales?

Mis alumnos de Educación, cuando presentan trabajos —por ejemplo, sobre el aborto—, lo exponen muy bien: «Yo aborto porque soy libre y es mi cuerpo, punto; el feto es un garbanzo». No hay más razonamientos antropológicos, familiares, sociológicos o bioéticos. Sin embargo, lo que emerge no es fortaleza, sino fragilidad disfrazada de independencia.

La soledad actual proviene de la imposibilidad de construir lazos y vínculos que resistan el paso del tiempo. Se multiplican los encuentros casuales, se conversa mucho, pero se confía poco. Y sin lealtad, todo vínculo es apenas un simulacro.

¿Cómo voy a formar una familia, comprar una vivienda mediante una hipoteca o tener un hijo si mi pareja mañana mismo me puede ser infiel? 

Quizá el problema no sea que los jóvenes españoles no quieran vínculos, sino que han aprendido a desconfiar de su durabilidad. Les han enseñado que hay que viajar compulsivamente y disfrutar de los festivales, mientras que todo lo relacionado con la familia ni está ni se la espera.

Han visto demasiadas rupturas y demasiadas políticas polarizantes que enfrentan a mujeres y hombres. En este contexto, no vincularse parece una forma de protección. El joven de hoy se encierra en casa a jugar a videojuegos, apenas bebe y ya casi no consume drogas como en otras generaciones. No obstante, tampoco está completamente infantilizado, en el sentido de que cumple con los estudios; al fin y al cabo, es casi lo único que se le exige.

Pero nadie habita cómodamente en la provisionalidad perpetua. Tarde o temprano emerge la necesidad de arraigo, de tener hijos y de continuidad. Porque vivir sine vínculo puede ser una estrategia, pero difícilmente puede ser un destino.

Y es aquí donde entra la epidemia de perros de compañía: el perrhijo y el perro-nieto, —los abuelos terminan cuidando a los perros de sus hijos—. Las personas necesitan rodearse de cariño y continuidad, pero han fracasado estrepitosamente en la consecución de las parejas y familias que deseaban. El hombre occidental tiene una enorme dificultad en generar vínculos estables y fieles.

 Para esta sociedad desarrollada, occidental y democrática, tener una pareja estable y una familia implica cercenar gran parte de la libertad, y eso hoy en día resulta casi impensable. Por tanto, la solución es la mascota. Usted mismo habrá observado que, en apenas un par de décadas, las calles se han abarrotado de perros.

Las parejas jóvenes que acuden a consulta hablan también del perro que quieren tener, de una raza coherente con su personalidad. Lloran por sus perros y viven auténticos traumas cuando los pierden o enferman, buena parte de su vida esta dedicada a los perros. ¡Cómo voy a tener hijos, ya tengo bastante con mis tres perros! —Me decía una joven—. Dejé un día al perro en la clínica y me costó un dineral, —me contaban—. Y mientras tanto a los abuelos se les abandona en residencias.

El perro se ha convertido en el nuevo proyecto de vida de muchas parejas jóvenes. Hablan de cómo van a educarlo y de cómo va a socializar en una ciudad repleta de mascotas, es como llevar al niño a la guardería por primera vez. En cambio, es muy raro que una pareja joven hable de tener un hijo, siquiera uno. Y, cuando lo hace, suele ser al acercarse a los cuarenta años y como experiencia vital obligatoria.

Otra observación que he realizado durante estas décadas de consulta es que parejas con vivienda y trabajo estables abortan simplemente porque «ahora me viene un poco mal tenerlo».

Hoy, lo que configura a la familia ya no es el hijo, sino el perro. Es la señal que se transmite a la sociedad de que existe una pareja-familia. 

Hoy, muchas parejas españolas afirman ser una pareja sin compromiso, sin boda ni ataduras. « Para qué casarse si estamos bien, ¿para qué tener un hijo?», —suelen decir—.

Lo verdaderamente novedoso es la falta de deseo colectivo. Lo novedoso es la enorme falta de voluntad para luchar por el principio de conservación de la especie y dejarse caer por el terraplén de la extinción de los nativos. Podemos tener móviles inteligentes y llegar a la luna pero en lo referente a las relaciones debo decir que la situación es de payasos, estamos inmersos en la cultura de la muerte, en aquel Thanatos descrito por Freud. Hoy solo existe el disfrute momentáneo de uno mismo.

Los animales formaban parte de la evolución religiosa desde la magia hasta el monoteísmo. En una de esas fases aparecía el zoomorfismo: el animal poseía propiedades casi mágicas y se fusionaba con los rasgos de las personas. Véase el maravilloso ejemplo del antiguo Egipto. Quiero dejar claro que no se trata de volver al pasado y apoderarse de la fuerza o agilidad de los animales, ahora a los perros se les castra, se les aleja de su naturaleza y pasan a ser péleles lejanos a su verdadera naturaleza.

Pero hoy en día no creo que asistamos a un regreso de aquellas creencias. No podemos afirmar que estemos volviendo a ese punto del pasado. Se advierte pronto que no existe un culto al perro dentro de una dimensión trascendente.

Hoy se trata, simplemente, de la necesidad de atesorar algo estable y emocional en una sociedad donde se han roto la familia y los vínculos fieles y duraderos. El perrhijo o el gatijo cumplen una función de estabilidad emocional. Uno escoge a su propio perro o gato, se identifica con él, lo quiere, lo mima, lo lleva al veterinario, lo pasea y recoge sus excrementos. Pero, al fin y al cabo, tiene a alguien que le espera en casa cuando llega y con quien puede tocar y experimentar afecto.

Tal vez la tarea pendiente no sea enseñar a los jóvenes y a la sociedad entera a relacionarse —eso ya lo hacen—, sino a sostener, cuidar y permanecer. En definitiva, a vincularse sin miedo en relaciones fieles, estables, duraderas y leales. A salirse del ombligo y volver a la familia. Y eso requeriría un enorme cambio social de ciento ochenta grados.

Etiquetas: cultura, Relaciones

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