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Cuando la psicología se enfoca mal: cómo determinadas recomendaciones psicoterapéuticas pueden dañar los vínculos humanos

29 julio, 2026Fernando Pérez del RíoComunitarioNo hay comentarios

Cuando la psicología se enfoca mal: cómo determinadas recomendaciones psicoterapéuticas pueden dañar los vínculos humanos.

Fernando Pérez del Río

En las últimas décadas hemos asistido a la expansión de un determinado tipo de discurso psicológico que ha alcanzado una extraordinaria popularidad en redes sociales y medios de comunicación. 

Un ejemplo de ello son algunos mensajes difundidos por psicólogos mediáticos que reducen la complejidad de las relaciones humanas a fórmulas simples: si alguien no cumple una determinada expectativa, si siento dependencia, si veo cercenada mi libertad, o si no satisface plenamente nuestras necesidades emocionales, la conclusión inmediata es que debemos alejarnos de la otra persona. Silvia Congost con millones de visualizaciones es uno de entre muchísimos ejemplos. 

Este tipo de planteamientos merece una reflexión profunda porque, aunque la psicología ha realizado un enorme esfuerzo histórico por consolidarse como una disciplina científica, en la práctica cotidiana muchas recomendaciones terapéuticas parecen haberse acercado más a una cultura del bienestar individual, del coaching y de la autoayuda de corte anglosajona, individualista, utilitarista que a una comprensión amplia de la naturaleza humana familiar.

La psicología aunque aspire legítimamente a la objetividad científica, es una disciplina desarrollada por personas que viven dentro de una determinada cultura y que, inevitablemente, reciben influencias filosóficas, sociales e ideológicas. Por ello, no resulta extraño que determinadas corrientes psicológicas venidas de USA, con su APA su DSM y sus revistas de impacto, hayan incorporado una visión muy concreta del individuo: una persona autónoma, autosuficiente y centrada principalmente en su propio bienestar. 

Durante décadas, la psicología occidental, especialmente la desarrollada en el ámbito anglosajón, ha dado una importancia creciente a conceptos como la autoestima, la autorrealización, la autonomía personal y la búsqueda de la felicidad individual. Muchos de estos elementos tienen aspectos positivos y han permitido avances importantes en el tratamiento del sufrimiento psicológico. Sin embargo, cuando estos conceptos básicamente luteranos se llevan al extremo, pueden terminar generando una visión reduccionista del ser humano: una persona entendida como un proyecto individual separado de sus vínculos.

Al final, asistimos a una sociedad de gente solitaria que su único vínculo posible es un perro. 

La influencia cultural del mundo anglosajón ha sido especialmente relevante. La tradición liberal moderna ha colocado al individuo en el centro de la organización social, priorizando la libertad personal y la capacidad de elección. Esta concepción ha aportado grandes beneficios históricos, pero también ha favorecido una progresiva debilitación de las responsabilidades compartidas, de la comunidad, de la familia, de la pareja y del compromiso fiel con los demás.

El resultado de varias décadas de esta tendencia es una sociedad donde nunca se había hablado tanto de bienestar emocional y, al mismo tiempo, donde la soledad y la fragilidad de los vínculos ocupan un lugar cada vez más visible. Millones de personas reciben diariamente mensajes sobre cómo protegerse, cómo establecer límites, cómo priorizarse y cómo evitar cualquier relación que pueda generar malestar. Sin embargo, una relación humana profunda implica necesariamente cierta dependencia, sacrificio, paciencia y renuncia.

Una psicoterapia mal entendida ha terminado reforzando una cultura del aislamiento. 

En la consulta sanitaria he escuchado en numerosas ocasiones a pacientes que llegan diciendo: «Mi anterior psicólogo o psiquiatra me decía que tenía que ser egoísta». Ante este tipo de afirmaciones, la pregunta que surge es si realmente estamos ayudando a las personas cuando reducimos la solución de sus problemas a mirar exclusivamente hacia sí mismas.

Confundir el autocuidado o el tener el control con el egoísmo, el darse premios constantes, el pensar en uno mismo, ser utilitarista y dedicarse a mirarse al ombligo es uno de los grandes errores de nuestra época. Errores que han sido y siguen siendo aumentados por la psicología mal entendida.

 Cuidarse no significa ignorar a los demás, pero tampoco podemos convertir la satisfacción individual en el criterio absoluto para valorar cualquier relación. 

La situación es tan alarmante y la psicoterapia está siendo tan mal usada que, cuando una persona va al psicólogo la gente suele decir que se vuelve egoísta. Posiblemente en algún caso aislado pueda ser una solución pero, aplicada masivamente es un enorme error y ya lo estamos comprobando décadas después: Las gente está sola, sin hijos y paseando al perro.

El ser humano no está diseñado para vivir aislado. Necesita vínculos, necesita pertenecer, necesita sentirse importante para otros y formar parte de algo que vaya más allá de sí mismo.

El problema actual no es que la psicología haya defendido demasiado el bienestar personal, sino que en algunos sectores se ha olvidado una verdad fundamental: la persona se construye básicamente a través de sus relaciones. La identidad humana no aparece únicamente desde la introspección individual, sino desde la familia, la amistad, la comunidad y el compromiso.

Durante décadas hemos visto cómo determinados discursos culturales han colocado bajo sospecha conceptos tradicionales como sacrificio, fidelidad, matrimonio, familia o responsabilidad. 

La consecuencia visible es una sociedad muy individualizada, atomizada, con menos estabilidad relacional y con una creciente dificultad para construir proyectos compartidos a largo plazo. Todos sabemos que apenas se tienen hijos y nuestra sociedad por primera vez en la historia ha roto el principio de conservación. 

Frente a esta tendencia, conviene recuperar una idea clásica de la filosofía occidental: la eudaimonía, entendida como una vida buena y plena que no consiste únicamente en la satisfacción inmediata, hedonista, viajar compulsivamente, sino en desarrollar una existencia con sentido dentro de una comunidad. Para Aristóteles, la felicidad no era simplemente sentirse bien, sino vivir de acuerdo con determinados bienes humanos, entre ellos la amistad, la virtud y la participación en la vida común.

La visión contemporánea parece haber sustituido progresivamente la pregunta «¿qué debo construir junto a otros?» por otra muy diferente: «¿qué necesito yo para sentirme bien?». Esta transformación tiene consecuencias muy profundas.

El propósito vital de muchas generaciones anteriores estaba ligado a la construcción de una familia, al trabajo compartido y tener hijos bajo una continuidad entre generaciones. Hoy, en cambio, el ideal dominante parece orientarse hacia la experiencia individual: viajar compulsivamente, acumular experiencias, vivir en ponderado y tener un perro, buscar realización personal y mantener la máxima libertad posible durante el mayor tiempo posible.

La libertad es un valor fundamental, pero existe una diferencia entre libertad entendida como capacidad para elegir responsablemente y libertad entendida como ausencia de cualquier obligación. La primera permite construir una vida; la segunda puede conducir a una existencia fragmentada donde todo compromiso se percibe como una amenaza. Lo que solemos llamar la libertad negativa. 

En este sentido, uno de los grandes cambios culturales de las últimas décadas ha sido la transformación del vínculo en algo negociable y reversible. Las relaciones parecen evaluarse constantemente desde la utilidad personal: mientras me aporte satisfacción permanece; cuando aparece la mínima dificultad, se interpreta como una señal de que debe terminar.

Sin embargo, cualquier relación profunda atraviesa inevitablemente momentos de frustración, conflicto y sacrificio. Pretender eliminar todo sufrimiento de los vínculos humanos significa, en la práctica, impedir que esos vínculos alcancen profundidad.

La familia, la pareja y la amistad no son espacios donde nunca aparece el dolor; son precisamente los espacios donde aprendemos a enfrentarlo junto a otros. La madurez emocional no consiste únicamente en protegerse del daño, sino también en desarrollar la capacidad de cuidar, comprometerse y permanecer.

La sociedad actual parece haber convertido el amor propio en uno de los valores centrales de nuestra época. Mirarse constantemente a uno mismo, analizar cada emoción, buscar permanentemente la satisfacción sexual personal y construir una identidad alrededor del propio bienestar puede convertirse en una forma sofisticada de narcisismo.

El mayor problema no es valorar al individuo, sino olvidar que el individuo existe siempre dentro de una red de relaciones y si estas son sólidas fieles y estables mucho mejor para la salud mental. Una persona completamente desligada de los demás no alcanza la libertad absoluta; alcanza, en muchos casos, una forma profunda de aislamiento.

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Etiquetas: Relaciones

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