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La devaluación reactiva en la pareja de hoy

19 febrero, 2026Fernando Pérez del RíoSexualidadNo hay comentarios

La devaluación reactiva en las parejas de hoy

Dr. Fernando Pérez del Río

A lo largo de la historia, cuando los métodos anticonceptivos no existían, la mujer se jugaba literalmente la vida al elegir esposo y por eso le exigía mucho. No era una metáfora. Podía incluso morir en el parto, sus hijos quedar huérfanos y por tanto, debía escoger muy bien a su pareja.

Por eso la mujer ponía el listón muy alto al hombre con el que se habría de casar. Ese hombre debía ser fiel, estable y muy responsable y el varón respondía con trabajo, con su hacienda a la exigencia de la mujer, respondía con seriedad y con un compromiso igualmente alto.

La mujer exigía estabilidad, exigía que el hombre entregara su vida entera a la construcción de un proyecto común. Durante siglos, la exigencia femenina fue una forma de protección frente a la incertidumbre biológica y social. Y el hombre respondía a esa alta exigencia, trabajando de sol a sol. El matrimonio no era solo amor: era también un proyecto futuro de compromiso.

Con la llegada de los métodos anticonceptivos en los años sesenta, todo fue cambiando progresivamente. La sexualidad dejó de estar necesariamente ligada a la reproducción. La mujer antes corría riesgo de quedarse embarazada y se la jugaba con la relación. Pero ahora la ecuación histórica se alteró.

Si ya no hay riesgo inmediato de quedarse embarazada, el nivel de selección de la mujer desciende y la mujer ya no pone el listón alto, se puede conformar con cualquier cosa. Y por consiguiente, el hombre ya no tiene que ser necesariamente fiel, estable ni responsable.

Y el listón se flexibiliza aún más y el compromiso deja de ser condición necesaria previa para convertirse en opción negociable.

Y cuando el listón baja más aún con el paso de las décadas, también baja el esfuerzo del otro lado: el hombre ya no tiene que ponerlo todo, ni su vida, ni su hacienda, ni su trabajo.

El hombre ya no necesita demostrar tanto. Ya no necesita responder a un estándar alto para acceder a la relación y a la sexualidad. Por consiguiente, las exigencias mutuas se diluyen progresivamente.

En nuestra cultura contemporánea (2026) hemos llegado al punto contrario: exigir algo a la pareja incluso empieza a estar muy mal visto. Se interpreta como control, como posesividad, como patriarcado, como coacción emocional, como ultraderecha, etc. Y se confunde compromiso con opresión.

Y en este contexto actual emerge un fenómeno psicológico interesante: la devaluación reactiva, las parejas cada vez se piden menos. La devaluación es un concepto estudiado por el psicólogo social Lee Ross. Se trata de un sesgo cognitivo por el cual rechazamos una propuesta simplemente porque proviene de quien percibimos como “el otro”, incluso aunque sea razonable.

Hemos llegado a un punto en las relaciones de pareja en el que, aunque una mujer proponga estabilidad, el hombre la rechaza; o al revés: si un hombre propone estabilidad, es rechazado.

Trasladado a la pareja, el mecanismo es devastador.

Si el otro propone compromiso, sospechamos. Si propone estabilidad, desconfiamos. Si propone hijos, pensamos que quiere atarnos. “Si viene del otro sexo, debe tener trampa.”

La relación se convierte en un terreno de suspicacia preventiva. Y la cosa se complica mucho más, puesto que nadie quiere exigir, porque “exigir” hoy en día parece dominar y controlar, y eso se considera desfachatez o heteropatriarcado, ultraderecha, etc.

El resultado es una enorme cultura de vínculos muy frágiles.

Muchos ya no se casan. No conviven y no formalizan su relación. Si después de 10 años se separan no es costoso, puesto que no tienen nada en común ni hijos ni casa puesto que no hubo exigencia alguna. Las relaciones se vuelven intercambiables, muy infantiles e inmaduras, muy utilitarias. Las relaciones son de usar y tirar puesto que el listón es muy bajo. Como decimos, al hombre ya no se le exige ser fiel, ni estable, ni responsable.

El mismo patrón que rige el consumo de mercancías invade el terreno afectivo. El otro deja de ser proyecto vital para convertirse en experiencia emocional. Por eso ahora se habla tanto de las emociones y todo se basa en canalizar y gestionar emociones. Incluso en la universidad, en la facultad de educación las asignaturas no son de la pareja o la familia, son asignaturas de gestión emocional.

Vivimos —como tantas veces se ha dicho— en una sociedad líquida: blanda, poco estructurada, incapaz de sostener tensiones largas. Las parejas se rompen ante la primera frustración. La tolerancia a la incomodidad es mínima. Es una sociedad demasiado blandengue y si me permiten el improperio: son relaciones de ridículas y blandengues.

En consulta, cada vez más personas expresan la misma angustia:

“Quiero algo estable, pero parece imposible.” “Quiero fidelidad, pero nadie la ofrece.” “Quiero hijos, pero nadie quiere comprometerse.”

Se sienten atrapadas en una cultura de la libertad que actúa como una apisonadora. Aunque individualmente deseen solidez, colectivamente se impone la provisionalidad. Y así aparece la paradoja: muchos quieren estabilidad, pero el ecosistema emocional penaliza el compromiso estable y fiel. Y esto como se suele decir, es el colmo.

Las consecuencias son visibles: matrimonios en mínimos históricos, descenso drástico de la natalidad, una generación que no tiene hijos donde no hay relevo demográfico y sólo hay mascotas, y una enorme sensación extendida de soledad.

En lugar de proyectos compartidos, proliferan relaciones efímeras. En vez de semejar a caballeros castellanos que dan su palabra y su honor, paracen hombres perdidos que van a lo suyo vacíos y falsamente emponderados. En lugar de construcción racional, hay consumo emocional. Y muchos pacientes describen el panorama con una metáfora cruda: “Esto es la jungla”. Cada uno sospecha del otro.

Quizá el momento histórico que vivimos sea fascinante precisamente por eso: porque hemos ganado libertad —una libertad negativa y muy destructiva— pero hemos olvidado a sostener el compromiso sin que nos parezca una amenaza.

Y mientras tanto, la pregunta queda abierta:

¿Puede una sociedad sobrevivir mucho tiempo sin exigirse nada y con un listón tan bajo?

Etiquetas: Relaciones, Sexualidad

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