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Inteligencia artificial

¿Puede la inteligencia artificial sustituir a un psicólogo?

14 febrero, 2026Fernando Pérez del RíoEnfermedad mental, VariosNo hay comentarios

 ¿Puede la inteligencia artificial sustituir a un psicólogo?

Fernando Pérez del Río

Me ha llamado la atención que un tercio de los pacientes tratados por drogodependencia estén escribiendo un libro sobre su propia vida. Se ayudan de ChatGPT para redactar la biografía de su vida, que suelen imaginarse siempre distinta a la de los demás, aunque, visto desde lejos, todas resultan muy parecidas. Podríamos tener en breve una avalancha de libros autopublicados sobre la vida de uno mismo y sus avatares. Un autoanálisis en consonancia con la actual cultura anglosajona e individualista en la que vivimos. Pero de otra mano, no deja de ser interesante que escribir sobre lo vivido tiene mucho de terapéutico.

La inteligencia artificial puede ayudar a expresar y redactar la vida propia. También sirve para buscar información y responder a preguntas sobre diagnóstico, síntomas y evaluación, superando en muchos casos lo que pueda responder un psicólogo de turno.

Tiene, además, otra ventaja: la IA no tiene ideología —en principio—. Por ejemplo, un joven que no sepa o dude de su identidad sexual podría encontrar en la IA un tratamiento no afirmativo de cambio de sexo. Es decir, la inteligencia artificial puede responder de forma distinta a un psicólogo que, según la ley, debe decir al adolescente que se hormone o cambie de sexo sin cuestionarlo, como sabemos y con la ley en la mano, el psicólogo no puede sugerir al joven que se lo piense con más calma. En este sentido, la IA sería muy superior a un psicólogo.

Sabemos que la psicología está muy influenciada por el mundo anglosajón y sus valores. El DSM-5 proviene de Estados Unidos; las revistas científicas de mayor impacto también son anglosajonas, etc. Y los psicólogos, aunque no lo suelen reconocer, están inmersos en una determinada ideología y en valores anglosajones individualistas, cuantas veces hemos oído lo de “piensa en ti mismo” y “emponderate.” De este modo, la IA podría proporcionar otras fuentes y otras culturas en respuesta al sufrimiento humano. Y en ese sentido, también sería mucho mejor que un psicólogo educado en la cultura individualista anglosajona, y alejarse del “date un premio, piensa en ti mismo, ve a lo tuyo.”

Cada vez que surge una nueva tecnología, se despierta una mezcla de fascinación y miedo. Estimo que un 20 % abraza la novedad con entusiasmo, mientras que otro 20 % la rechaza frontalmente hasta pasados unos años. Toda nueva tecnología tiene su periodo de aceptación.

Dos años después de la llegada de la pornografía a España, se empezó a hablar de los adictos a la pornografía. Dos años después de la aprobación de los grandes supermercados, se habló de los adictos a las compras. Siempre, con cada nueva tecnología, hay un periodo de adaptación y, tras un tiempo de abuso, terminamos usándola solo para lo que realmente necesitamos. Pienso que esto también ocurrirá con la IA, aunque todavía no hemos tocado techo.

Digo esto porque ya empiezan a surgir trastornos mentales relacionados con la IA. Siempre es lo mismo… Algún avispado sacará un libro sobre el tema y dará conferencias sobre ello los próximos diez años. Por ejemplo se habla mucho de la “psicosis por IA”, la IA siempre te da la razón y nunca te cuestiona.

Ahora la nueva pregunta es si la inteligencia artificial podrá hacer nuestro trabajo mejor que nosotros o, al menos, igualarlo (como decía José Mota).

Las personas ya están conversando con inteligencias artificiales para desahogarse, para entender qué les pasa, para pedir consejo o para no sentirse solas. La soledad, consecuencia de la ruptura del vínculo y de la separación y confrontación entre hombres y mujeres, es enorme, sabemos que es realmente la gran pandemia de nuestro siglo. La inmediatez de la IA, su discreción y su gratuidad resultan tentadoras. Al fin y al cabo, escribirle a una máquina no exige cita previa, ni coste económico alguno, ni valentía para mirar a otro ser humano a los ojos.

Muchas personas recurren a la IA para “autodiagnosticarse” o “autotratarse”, lo que puede retrasar la búsqueda de ayuda profesional o generar un falso sentido de seguridad. Por ejemplo, algunos artículos indican que hasta un 40 % de las aplicaciones de IA pueden fallar al identificar correctamente riesgos graves de salud mental.

Hace poco, en una consulta, la IA me dijo que yo mismo había escrito un libro que no he escrito. “Un error muy grave”, —pensé—.

Pero ¿puede eso llamarse terapia? Mi respuesta es no. Veamos.

La psicoterapia es, ante todo, un encuentro humano. Un espacio donde dos personas —una que sufre y expresa una demanda, y otra que acompaña, evalúa y diagnostica— se encuentran en la palabra, el silencio y la mirada. Lo esencial no está solo en lo que se dice, sino en lo que ocurre entre ambos: el vínculo, la transferencia y la contratransferencia, tan bien explicadas por los psicoanalistas; ese hilo invisible que atraviesa la relación terapéutica. En el encuentro humano, el paciente proyecta afectos, recuerdos y heridas, y el terapeuta, a veces espejo o modelo, sostiene, interpreta y devuelve sentido —si procede—. Todo un procedimiento que tiene algo de arte.

La inteligencia artificial no puede hacer eso. Puede simular comprensión, puede imitar la calidez de una respuesta empática, pero no siente, no entiende el sinsentido, no intuye los lapsus inconscientes. No hay en ella una historia personal, ni un cuerpo, ni una emoción real que se conmueva ante el dolor del otro. La IA “entiende” un chiste en tanto que reconoce un patrón de lenguaje, pero no se ríe. Y esas son diferencias que, por ahora, distinguen a los humanos. Aparentemente es algo sutil, pero en el fondo es abismal.

Lo terapéutico no está solo en las palabras adecuadas, sino en la presencia del otro. El psicólogo no solo interpreta: está. Juega con el silencio, acompaña la angustia, comparte la incertidumbre. A veces, simplemente respira con el paciente. La máquina puede ofrecer información valiosa sobre ansiedad o depresión, puede incluso guiar un ejercicio de relajación, pero no puede sostener el temblor emocional de un ser humano que se siente perdido. En una época de hiperindividualismo y de vínculos frágiles, incluso de un mal entendido individualismo terapéutico —suele decirse que cuando alguien va al psicólogo se vuelve más egoísta, consecuencia por lo general de una mala terapia—, el encuentro y el vínculo siguen siendo imprescindibles.

Decía Donald Winnicott que la cura se da en el espacio donde uno puede jugar con otro sin miedo. Ese espacio de seguridad requiere confianza, vínculo y tiempo. Y aunque la IA aprenda a imitar el lenguaje terapéutico, nunca podrá participar de ese juego con autenticidad, porque carece de lo más esencial: lo humano, las emociones, el humor, la transferencia.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta útil —un complemento, un espejo, una fuente de datos—, pero no un sustituto total. Y la psicoterapia, en su fondo más profundo, es precisamente eso: un ejercicio de humanidad compartida.

Quizá algún día las máquinas lleguen a entender mejor nuestras palabras y actos fallidos. Pero lo que sana no son solo las palabras, sino la relación histórica y simbólica que las sostiene. Y de eso, de ese misterioso lazo entre un yo y un tú, la inteligencia artificial todavía no sabe nada.

Etiquetas: cultura, Sociedad

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