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“Los últimos españoles”: el suicidio demográfico de una nación Crítica del ensayo desde la psicología

21 octubre, 2025Fernando Pérez del RíoComunitarioNo hay comentarios

“Los últimos españoles”: el suicidio demográfico de una nación

Crítica del ensayo desde la psicología

Por Fernando Pérez del Río

El tema que nos plantea el ensayo “El suicidio demográfico de una nación,” editado por Sekotia, va tan rápido que llega a desbordarnos emocionalmente hasta el punto de que es fácil acabar negando el problema. Cuando la situación se vuelve claramente insostenible, tendemos a utilizar sesgos cognitivos para minimizar la problemática dejándonos llevar por la inercia.

Alejandro Macarrón y Miguel Platón lo explican con precisión quirúrgica en su libro, nos muestran decenas de evidencias científicas y demoledoras estadísticas, y nos avisan: si no se reacciona a tiempo, los españoles nativos y la cultura española podrían desaparecer en poco más de unas décadas.

Generalmente, el hecho de que en España apenas se tengan hijos —rompiéndose el principio de conservación de la especie— lleva, en mi opinión, a un debate secundario: el de la inmigración. El foco gira en torno a si la inmigración masiva y descontrolada es buena o mala, cuando en realidad, deberíamos confrontarnos primero por otra cuestión: ¿qué ha ocurrido con nosotros mismos?

Como curiosidad relacionada con el tema que nos convoca, diré que el pequeño de mis hijos, es el único niño “español” de padre  autóctono español  en su clase de primaria en un colegio del centro de Burgos. En ese aula, casi la mitad del alumnado es de religión musulmana y el resto, de otros países foráneos. 

Pero volviendo al tema, el verdadero debate es sobre nosotros mismos. ¿Qué nos ha ocurrido como sociedad? No hay duda de que desde la llegada de la democracia a España han caído en picado los nacimientos y matrimonios, todo empezó en 1977. ¿Qué nos ha llevado a esta situación en la que estamos llamando a las puertas de la extinción demográfica? ¿Por qué los políticos evitan este asunto central, y como atontados se centran en crear decenas de parques para perros y fomentar el aborto, dejando ver que no salen del pensamiento Alicia? ¿Por qué ante el mayor de todos los problemas en España, no se fomenta la familia? Incluso deberíamos preguntarnos lo contrario, ¿Por qué se desprestigia tanto a la familia en todos los ámbitos: universitario, mediático, cultural, político, cine español, en ONG y asociaciones?

Estas son algunas de las cuestiones que plantea el ensayo, “Los últimos españoles.” Y si usted es de los que, por fortuna, no rehúyen el conflicto ni se esconden como el avestruz, podrá leer con entusiasmo renovado este libro y enfrentarse a la realidad. Porque, al fin y al cabo, ser adulto implica mirar de frente los problemas, no evitarlos.

Uno de los argumentos más repetidos para justificar la baja natalidad es la supuesta falta de empleo entre los jóvenes. Sin embargo, esta explicación no es del todo válida, ya que muchas mujeres procedentes de otras culturas —como la musulmana— viven y trabajan en España y, aun así, tienen una media de cuatro hijos. Por cierto, no es raro escuchar a mujeres musulmanas referirse a las mujeres españolas como “las infecundas”.

Los datos son bien claros: incluso entre funcionarias públicas en comunidades como Extremadura, la natalidad es extremadamente baja. No se trata, por tanto, únicamente de una cuestión económica, sino de un fenómeno más profundo y complejo, con raíces culturales, sociales, religiosas y confitado con no poca ideología política.

Como esta es una web centrada en la psicología, cabe preguntarse: ¿Qué consecuencias psicológicas está teniendo este monumental descalabro demográfico en nuestra sociedad?

En primer lugar, la ausencia de vínculos familiares y la falta de hijos nos aboca a una vida cada vez más solitaria. La soledad, como la gran epidemia del siglo XXI en el mundo occidental, tiene efectos muy negativos sobre la salud mental. 

Como curiosidad, cada vez conozco a más familias enteras sin descendencia alguna: hermanos de entre 50 y 60 años que  ninguno de ellos ha tenido hijos —aunque sí han tenido muchos perros, se han empoderado y han viajado muchísimo—. Estas familias carecen ahora de sobrinos o nietos, y no hay nadie a quien dejar las herencias. No hay siguiente generación. Y entonces surgen preguntas:

¿A quién legar las tierras, cultivadas con tanto esfuerzo por generaciones pasadas? ¿Qué hacer con la casa centenaria familiar del pueblo que lleva el apellido blasonado? Puesto que ya no hay una siguiente generación…

En segundo lugar, si lo pensamos bien, nos enfrentamos a un individualismo muy infantil pero avasallador. Estamos ante una sociedad ensimismada en sí misma. Como expuse en mi último ensayo, “El espejismo del yo,” convivimos con dos tendencias que, aunque parecen opuestas, se refuerzan mutuamente: por un lado, un Estado que asume un rol paternalista que pretende resolverlo todo sustituyendo a la familia; por otro, una ciudadanía profundamente individualista y emocional, donde cada uno va a lo suyo, sin vínculos ni sentido comunitario ni familiar.

Un tercer factor clave en este proceso de debilitamiento de los lazos sociales es la pérdida de la religión católica, que —nos guste o no— promovía ciertos valores comunitarios, vínculos estables y compromisos sólidos. La desaparición de este marco espiritual ha dejado paso a una cultura centrada en el placer inmediato, en lo egoico, donde los compromisos estables se ven como una carga y el “derecho al goce” se ha convertido en el nuevo mandamiento.

Las parejas se rompen ante la primera dificultad, y la capacidad de sacrificio que implica tener un hijo parece cosa del pasado. El descenso de los matrimonios también está bien documentado en el libro.

Y todo esto también crea el caldo de cultivo perfecto para el aumento de las enfermedades mentales; en una sociedad donde las personas ya no se cuidan unas a otras, sino que se encierran “emponderadas” en sí mismas.

En cuarto lugar la inmigración masiva descontrolada, implica emocionalmente no reconocer tu propia comunidad, ni entender el idioma de los que antes eran tus vecinos y sentirte un extraño en tu propio barrio.

Vaya por delante que sigo pensando que no necesitamos inmigración, no pasaría nada si fuéramos menos habitantes y hubiera menos bares. Para que el lector me entienda mejor, yo escribo estas palabras desde la España vaciada, entre Palencia y Burgos, la despoblación ha sido grande pero mantenemos todo igualmente en funcionamiento y no ha sido necesario traer a un millón de taiwaneses (por ejemplo). Así que decir que necesitamos la inmigración es simplemente mentira.

Paradójicamente, lo verdaderamente revolucionario y contracultural hoy en día es formar una pareja estable, fiel, y tener hijos. Algo que hasta hace poco era la norma, hoy es un verdadero acto de rebeldía frente al dominante discurso político disolvente.

En una entrevista escuché a Macarrón decir que todo esto se podría arreglar si tuviéramos cada uno un hijo más; es decir, si yo tengo cuatro, debería tener cinco hijos. Pues ojalá hubiera tenido cinco: sería una inmensa felicidad, al igual que lo han sido los otros cuatro.

Como escriben los propios autores del ensayo, Alejandro Macarrón y Miguel Platón:

 “A pesar del dramatismo del diagnóstico, el mensaje es esperanzador. España aún puede reaccionar, recuperar tasas de natalidad dignas y ordenar su política migratoria en clave de interés nacional. (…) Pero el tiempo apremia. Si no despertamos ahora, mañana podría ser demasiado tarde.”

Etiquetas: Sociedad

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